
Vivo en Palermo, barrio poblado por perros de las más variadas razas, muy cuidados, en el que los dueños se pasean orgullosos de sus mascotas. Este barrio tiene muchas características, pero una de ellas tiene que ver con la forma de ser de muchos de sus habitantes. En Palermo, hay personas que modifican la expresión de su rostro dependiendo de qué se mire: el mismo cariño con el que se detiene a mirar un cachorro, se modifica a desprecio si lo que observa es un cartonero o " un pobre". En ese caso, como si oliera el producto de los desechos de sus mascotas, su gesto muta hacia el asco.
Las generalidades no sirven, es verdad, pero la anécdota que sigue "cuenta" más sobre el tema.
El viernes pasado a mi hijo lo mordió un perro "del barrio". Luego de llevarlo al hospital de niños ( lo atendieron ma-ra-vi-llo-sa-men-te) donde lo desinfectaron y cosieron, me dediqué a buscar al perro y sus dueños.
Ubiqué la casa muy rápido porque el perro es muy bonito y no tan común como los labradores. Se trata de un waimaraner/weimaraner que tiene problemas de conducta, por lo que debe salir a la calle con bozal ( detalle que omitió la dueña). Fui acompañada a la veterinaria para que me mostraran la certificación de las vacunas del perro, me pagaron los medicamentos (qué correctos!) y me desearon suerte.
El detalle es que quien hizo todos estos trámites ( incluso preguntar por la salud de mi hijo)fue la empleada de la dueña, no ella. Es decir, la señora que pasea orgullosa al perro no se hizo cargo de pedir las disculpas del caso, muchos menos preguntar por mi hijo ni por cómo seguía el tratamiento.
Tal vez la gente de Palermo es sumamente sensible como para preocuparse de su misma especie, por eso elige los perros, en donde gasta fortunas y se exime de preocuparse por su prójimo, que si es pobre, seguramente , para este tipo de vecinos, "por algo será".
Qué suerte que no me siento una vecina de Palermo!
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